Nicolás López siempre ha sido un “personaje” dentro del ámbito local. Por muchos odiado; por otros “citado” y querido (su familia y amigos). Este chico freak, que lo único que le importa al parecer es SER freak, lleva dos películas en el cuerpo: una mala (“Promedio Rojo”) y la otra ultra-mala (“Santos”). Y lo peor es que existen algunos que siguen citándolo como si fuera el nuevo chico genio de la cinematografía nacional y ni siquiera le llega a los talones a grandes como Aldo Francia. Pero bueno, quizás sean otros tiempos y por eso no se puede comparar con el gran Aldo, pero sin alejarse mucho de estas generaciones, tampoco se puede comparar a este joven con cineastas chilenos actuales que tratan de otorgarle más dinamismo y protagonismo a nuestro país en el ámbito internacional con películas con contenido como lo hace Andrés Wood.
El problema de este chico es uno sólo: a López sólo le interesa figurar cayendo en un patético marketing que por años quizo llevar a “Santos” – su recién estrenada película – a la cúspide con un equipo “internacional”. Con un poco de ingenuidad (aunque en realidad es mucha), López cree que con dinero logrará realizar una cinta de renombre, desconociendo que para eso sólo se requiere tener inteligencia y suerte. Si falla uno de estos “ingredientes”, el producto final no logrará el éxito esperado. Y os aseguro que a López aún le falta adquirir al menos uno.
Ojo, esto no es una crítica al joven director chileno, sino que a los medios de comunicación que hablan y hablan de él como si fuera un diamante criollo. ¡Por favor! Más respeto con los verdaderos diamantes…


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